En una mesa, la más cercana, un hombre disfrutaba solo, con la única compañía de su móvil. Enviaba y recibía mensajes mientras reía al vacío. Me recordaba a todas las veces que me he reído delante de la pantalla, simplemente hablando por chat.
En otra, se encontraba una madre con su hija, curiosa y educada. La niña le hacía esas preguntas típicas de los pequeños, y la mujer iba respondiendo para que aprendiera cosas nuevas. Me encanta esa faceta de los niños; ojalá fuéramos capaces de conservarla cuando crecemos, y quisiéramos siempre saber más. Aunque a veces no basta con solamente desearlo, ya que hay que poner más de nuestra parte de lo que estamos dispuestos a dar, y ahí es donde comienza a torcerse el aprendizaje.
Más a la derecha había otras dos. En la más lejana estaban sentadas dos mujeres -por apariencia, apostaría a que una era la madre de la otra- y un niño que no paraba de dar golpes a la mesa con el objeto que indicaba su número. Nos estábamos hartando cada vez más, y los de la mesa que tenían al lado también, pero no decían nada. Finalmente, después de una queja al aire, le han quitado por fin el indicador al niñito. Entonces se ha puesto a jugar con un carro. En principio, creía que era de los de la otra mesa, y me han dado ganas de levantarme y decirles cuatro cosas sobre la educación que el chico debía haber recibido. Al final el carro ha resultado ser de su propia familia, por lo que en parte he hecho bien en callarme.
Y todo esto ha surgido porque hoy nos hemos quedado a comer en El Corte Inglés.
Llama la atención ver cómo los niños pueden llegar a ser de formas totalmente distintas según la educación que reciben. Y, aún más, que la gente no les pare los pies cuando ven que están molestando. Esto es lo que más rabia me da. Y pena, mucha pena.
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