Tú serás la persona elegida… Tendrás la oportunidad de ser Dios…
Era viernes. Me desperté con esas palabras aún retumbando en mi cabeza. Esa noche había soñado que Dios me hablaba: en concreto, me había dicho que sería Él durante un día. “Viva el surrealismo”, pensé. De todas formas, estaba contenta, porque ya se acercaba el fin de semana. Sin embargo, de repente noté algo extraño. Era como una voz interior que me decía: “Estoy aquí… estoy aquí…”. No lo podía creer. Eso no lo había pensado yo. Aparté esas ideas de mi mente, me levanté, me vestí y fui a desayunar.
Cuando terminé de hacer todo, vi que aún faltaban cinco minutos para la hora de irme, y me asomé por la ventana. En la casa de al lado se oía gritar a los vecinos; parecía que estaban enfadados y discutían por algo. Entonces, algo dentro de mí actuó. Automáticamente, dejé de escuchar sus voces. “Estoy aquí”, volvió a rezar la extraña voz interior. Entonces lo comprendí. “Está bien”, contesté. “Estás aquí y vamos a conseguirlo juntos”. Y salí de casa para ir al colegio. Supuse que, si ahora yo era Dios, podía llegar mucho más rápido, pero preferí no probarlo. No tenía sentido hacer nada en mi beneficio propio, y menos si Él me había elegido a mí para construir un mundo un poco mejor.
Por el camino me encontré con muchas personas, como todos los días. Personas que van a trabajar, personas que van al colegio como yo, personas que se levantan temprano para pasear. Y muchos de ellos parecían algo alicaídos, tristes o, simplemente, desganados. Cuando veía a alguien así, lo miraba fijamente durante un segundo. Rápidamente, se les alegraba la cara; varios incluso gritaron de júbilo por un instante o se dieron cuenta de que había algo importante para ellos por lo que merecía la pena despertar, y siguieron su marcha con paso decidido. “A menudo, los problemas no se encuentran en el exterior”, dijo la voz.
Por fin, llegué al colegio. En la puerta me encontré con un compañero de clase. Me dio la sensación de que estaba preocupado.
- Hola, Cristian –lo saludé.
Tardó un poco en responder.
- Ah, hola –dijo al fin.
- ¿Te ocurre algo?
- No, nada; es solo que… –de repente, se le cambió la cara, como si se acabara de dar cuenta de que le había tocado la lotería–. ¡Lo tengo! Espera, ¿qué has hecho?
- ¿Yo? Nada –respondí con aire inocente, y me marché sonriendo.
Cuando entré en clase, ya había gente, aunque el profesor no había llegado aún. A algunos se les veía en la cara claramente que no se habían levantado de la cama precisamente de un salto pero, en cuanto los miraba, se animaban.
Durante un cambio de clase, antes del recreo, Luis se levantó para quitarle el estuche a Sara sin que se diera cuenta. Cuando la chica se percató, se imaginó rápidamente quién había sido, porque Luis es muy propenso a gastar esa clase de bromas. Así que se levantó y fue hacia él. Sin embargo, antes de que ella tuviera tiempo de insultarlo o manifestar su ira, me fijé en ellos y, al momento, Sara se calmó y él le devolvió amablemente el estuche, pidiéndole disculpas.
Ya en el recreo, mientras charlaba con mis amigos, oí a alguien comentar que tenía hambre y no se había traído dinero para comprarse un bocadillo. Me giré en la dirección de la voz y, en menos de dos segundos, otro de su grupo le prestaba algo de dinero sonriendo, y diciéndole que no tenía prisa en que se lo devolviera.
Durante un momento, se nos acabaron los temas de conversación y nos quedamos en silencio, pensando. Entonces me di cuenta verdaderamente de que no podía contarles lo que me estaba ocurriendo. Ni a ellos ni a nadie. Lo primero, es que no me creerían; además, me pedirían ver algo extraordinario para probar claramente que era real, y eso significaría actuar en beneficio propio, por lo que no tenía sentido descubrirme. Ya lo había decidido: el secreto se quedaría conmigo, por muy difícil que fuese mantenerlo.
El resto de las clases transcurrieron sin percances, más o menos como todos los días o, mejor dicho, como todos los viernes. Ya todos estábamos ansiosos por aprovechar aquella tarde para divertirnos un rato, despejarnos y salir de la rutina escolar.
Durante el camino de regreso a casa, comencé a reflexionar sobre las situaciones de pobreza y miseria en el mundo actual. “¿Y si los gobiernos de los Estados hicieran algo por una vez?”, me pregunté. En ese momento, un escalofrío me recorrió. Fue solamente un instante. Sin embargo, no vi que nada hubiera cambiado a mi alrededor, y tampoco me había fijado en nadie en especial, así que no le di importancia.
Al llegar a casa, me encontré con otro pequeño conflicto: mi madre le reprochaba a mi padre haberse comprado una chaqueta de marca, muy cara. “Quizá debería empezar por resolver los problemas más cercanos”, pensé. En cuanto entré y me vieron, paró la discusión.
- Está bien, lo devolveré cuando vaya de nuevo a la tienda.
- Bueno, no hace falta, quédatelo si quieres; total, alguna vez podemos permitirnos algún capricho.
- No, no te preocupes. En realidad no la necesito para nada. ¿Cómo te ha ido hoy, Eva?
- Muy bien –respondí yo–. Ha sido una mañana agradable.
- Me alegro –dijo mi madre, sonriendo–. Venga, vamos a comer.
Tras el almuerzo, hice algunas actividades que me habían mandado. Un poco más tarde, Miriam me llamó para ir al cine con ella y con Irene, así que me arreglé un poco y fui a donde habíamos quedado. En un paso de peatones, vi que había una persona ciega al otro lado. Al momento, otra persona que iba a cruzar le ofreció ayuda. “Lo vamos logrando, poco a poco”, dijo la voz interior. No podía estar más de acuerdo.
Cuando llegué al punto de reunión, Irene ya estaba allí, y Miriam vino muy poco después. Nos dirigimos hacia el cine hablando animadamente. Cerca de allí, nos encontramos con un hombre que pedía dinero para comer. Esta vez tenía que ser yo; ya había dado suficiente trabajo a los demás. Así que me acerqué, a pesar del escepticismo de Miriam e Irene.
- Iré a comprarte un bocadillo, ¿vale?
- ¿De veras? –contestó con voz débil mientras yo ya iba hacia la panadería más cercana. Un poco más tarde, volvía con el bocadillo en la mano. – Muchas gracias, siempre te lo agradeceré –me decía efusivamente.
- No es nada, no tienes por qué, en serio.
Volví a reunirme con mis amigas.
- ¿A qué ha venido eso? –me reprochó Irene.
- ¿Qué problema hay? –las miré con expresión tranquila. Pareció que se calmaban un tanto.
- Supongo… supongo que ninguno –contestó Miriam finalmente.
Pagamos las entradas y vimos la película. No estuvo nada mal. Era de fantasía y acción, de las que más me gustan. Las tres salimos contentas del cine, comentando las escenas que más nos habían llamado la atención. No obstante, ninguna de ellas sería lo que más me impactara ese día. Al rato, nos volvimos cada una a nuestra casa.
Durante la cena, estuvimos viendo las noticias. Entonces ocurrió algo que nunca había tenido la oportunidad de ver: ninguna de ellas trataba sobre sucesos negativos. Todo lo contrario. “… La Unión Europea ha decidido destinar un porcentaje de su capital a varios países de África, para intentar paliar la pobreza. Casi todos sus miembros han asegurado su compromiso por esta causa… Se ha encontrado un posible antídoto para curar el cáncer de pulmón; se está investigando si realmente funcionará…”. No podía creerlo. En ese instante recordé mi reflexión, y la sensación tan extraña que experimenté. Y lo comprendí. “Gracias por conseguir que este mundo sea algo mejor”. “En realidad hice más bien poco; tú misma has sido la que ha unido al mundo, la que ha unido a las personas”, me respondió Dios.
Por la noche estuve chateando durante un rato con mis amigos y, cuando vi que se estaba haciendo tarde, me preparé para ir a la cama. Y me fui a dormir feliz, recordando todo lo que habíamos sido capaces de cambiar, despidiéndome de Dios y deseando fervientemente que llegara un noveno día, aunque no fuera yo la elegida la próxima vez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario