viernes, 25 de febrero de 2011

Live.

Si cada vez que salieras a la calle pudieses ver el amanecer, ¿qué sentido tendría?
Si cada día almorzaras tu comida favorita, ¿qué sentido tendría?
Si apareciera el arcoiris aun sin haber llovido, ¿qué sentido tendría?
Si pudieras escuchar continuamente la canción que más te gusta, ¿qué sentido tendría?
Si te premiasen sin realizar ningún esfuerzo y nunca te castigaran, ¿qué sentido tendría?
Si tuvieras ocasión de comer chocolate a todas horas, ¿qué sentido tendría?
Si el cielo nunca dejara de estar estrellado, ¿qué sentido tendría?
Si siempre pudieses descansar y trabajar no fuese necesario, ¿qué sentido tendría?

Las cosas buenas, las cosas bellas, lo son porque no nos acostumbramos a ellas. No dejan de sorprendernos, seguimos encontrándoles algo interesante. No sería la primera vez que una persona aborrece algo que le encanta por el hecho de repetirlo demasiadas veces. Ni será la última.

Hace algún tiempo me di cuenta de que, probablemente, en el fondo, todo es absolutamente neutro: tiene igual parte positiva y negativa. Todo depende de nosotros, de nuestra perspectiva. Así que, ¿por qué no ser un poco más optimistas y ver el lado bueno de la vida y sus detalles, ya que estamos aquí?

domingo, 20 de febrero de 2011

El milagro de escribir

¿Cuántas veces hemos intentado contar algo que nos ha ocurrido y que nos parece interesante, o simplemente expresar nuestra opinión sobre un tema, y no nos han prestado la atención que buscábamos?
¿Cuántas veces hemos querido decir algo a tantas personas que no sabíamos por quién empezar, y al final acaba por no saberlo nadie?

En esos momentos, siempre tendremos un apoyo: un lápiz y un papel -o, en su defecto, un teclado y una pantalla-. Lo que está claro es que no nos va a interrumpir con sus propias historias ni nos va a poner objecciones. Y, a partir de ahí, que nos lea quien quiera, que opine lo que quiera, y que lo plasme y lo comparta si quiere. Y si no, al menos nosotros ya lo hemos contado.

martes, 15 de febrero de 2011

Lágrimas de sangre

Ella estaba embarazada.
Ella se debate entre la vida y la muerte por ello.
Ella lo sabía, ya le habían avisado. Y, a pesar de todo, no quiso abandonar en ningún momento.
Aguantó varios meres. Pero, ahora, casi no hay solución posible.

Si eso es amor, prefiero no sentirlo.
No quiero morir por alguien que no va a sobrevivirme.
Creo que me seguiré conformando con el frío.

sábado, 12 de febrero de 2011

Piensa

¿En qué puedo pensar hoy?, pensé. ¿Y si pienso en el pensamiento?

Porque, en realidad, ¿qué es el pensamiento? Cierto es que todos los seres humanos -y algunos animales complejos- somos capaces de pensar y, de hecho, lo hacemos, pero ¿son los pensamientos algo físico? Si quiero, por ejemplo, levantar un brazo, no necesito pensar en ello para que mi brazo se eleve. Y, por otro lado, puedo pensar y mantenerme completamente inmóvil. ¿Le he ordenado yo a mi cerebro que piense? Supongo que sí, ya que las acciones conscientes son fruto de una orden previa -y, realmente, creo que las inconscientes también, aunque la orden lo sea igualmente-. Por tanto, aunque imagino que no se puede considerar el pensamiento como algo material o físico, sí que debe de ser producto de sinapsis cerebrales; aquí comenzamos a hablar de algo tangible, por llamarlo de alguna manera; en definitiva, existe. Como no tengo demasiados conocimientos sobre el tema, he preferido buscar información para asegurarme de lo que hablo y, de paso, aprender un poco más, que siempre viene bien.

Indagando en la red para encontrar una respuesta a mi pregunta, he hallado múltiples formas de definir el pensamiento. Varias de ellas lo califican de actividad mental. Esto no terminaba de satisfacer mi curiosidad. Por otro lado, se habla de la mente como algo material, es decir, como neuronas que pueden comunicarse entre sí gracias a los neurotransmisores. Una definición interesante, aunque no tiene demasiada relación con el tema, es: "capacidad de anticipar las consecuencias de una conducta sin realizarla". Esto es muy importante para nosotros, porque es lo que, en muchas ocasiones, nos hace actuar de una forma reflexiva en vez de seguir directamente nuestros impulsos. Pensamos y, después, actuamos.

Más de una vez he sentido como si mi cerebro funcionara de forma similar al disco duro de un ordenador: cuando no recuerdo algo, empiezo a rebuscar entre mis "archivos" hasta que doy con la palabra que quería. Por tanto, quizá, los ordenadores también piensen de alguna manera, utilizando bits en vez de neurotransmisiones.
Quizá nos parecemos más a lo inerte de lo que queremos creer.

viernes, 4 de febrero de 2011

El octavo día

Tú serás la persona elegida… Tendrás la oportunidad de ser Dios…

Era viernes. Me desperté con esas palabras aún retumbando en mi cabeza. Esa noche había soñado que Dios me hablaba: en concreto, me había dicho que sería Él durante un día. “Viva el surrealismo”, pensé. De todas formas, estaba contenta, porque ya se acercaba el fin de semana. Sin embargo, de repente noté algo extraño. Era como una voz interior que me decía: “Estoy aquí… estoy aquí…”. No lo podía creer. Eso no lo había pensado yo. Aparté esas ideas de mi mente, me levanté, me vestí y fui a desayunar.

Cuando terminé de hacer todo, vi que aún faltaban cinco minutos para la hora de irme, y me asomé por la ventana. En la casa de al lado se oía gritar a los vecinos; parecía que estaban enfadados y discutían por algo. Entonces, algo dentro de mí actuó. Automáticamente, dejé de escuchar sus voces. “Estoy aquí”, volvió a rezar la extraña voz interior. Entonces lo comprendí. “Está bien”, contesté. “Estás aquí y vamos a conseguirlo juntos”. Y salí de casa para ir al colegio. Supuse que, si ahora yo era Dios, podía llegar mucho más rápido, pero preferí no probarlo. No tenía sentido hacer nada en mi beneficio propio, y menos si Él me había elegido a mí para construir un mundo un poco mejor.

Por el camino me encontré con muchas personas, como todos los días. Personas que van a trabajar, personas que van al colegio como yo, personas que se levantan temprano para pasear. Y muchos de ellos parecían algo alicaídos, tristes o, simplemente, desganados. Cuando veía a alguien así, lo miraba fijamente durante un segundo. Rápidamente, se les alegraba la cara; varios incluso gritaron de júbilo por un instante o se dieron cuenta de que había algo importante para ellos por lo que merecía la pena despertar, y siguieron su marcha con paso decidido. “A menudo, los problemas no se encuentran en el exterior”, dijo la voz.

Por fin, llegué al colegio. En la puerta me encontré con un compañero de clase. Me dio la sensación de que estaba preocupado.
- Hola, Cristian –lo saludé.
Tardó un poco en responder.
- Ah, hola –dijo al fin.
- ¿Te ocurre algo?
- No, nada; es solo que… –de repente, se le cambió la cara, como si se acabara de dar cuenta de que le había tocado la lotería–. ¡Lo tengo! Espera, ¿qué has hecho?
- ¿Yo? Nada –respondí con aire inocente, y me marché sonriendo.

Cuando entré en clase, ya había gente, aunque el profesor no había llegado aún. A algunos se les veía en la cara claramente que no se habían levantado de la cama precisamente de un salto pero, en cuanto los miraba, se animaban.

Durante un cambio de clase, antes del recreo, Luis se levantó para quitarle el estuche a Sara sin que se diera cuenta. Cuando la chica se percató, se imaginó rápidamente quién había sido, porque Luis es muy propenso a gastar esa clase de bromas. Así que se levantó y fue hacia él. Sin embargo, antes de que ella tuviera tiempo de insultarlo o manifestar su ira, me fijé en ellos y, al momento, Sara se calmó y él le devolvió amablemente el estuche, pidiéndole disculpas.

Ya en el recreo, mientras charlaba con mis amigos, oí a alguien comentar que tenía hambre y no se había traído dinero para comprarse un bocadillo. Me giré en la dirección de la voz y, en menos de dos segundos, otro de su grupo le prestaba algo de dinero sonriendo, y diciéndole que no tenía prisa en que se lo devolviera.

Durante un momento, se nos acabaron los temas de conversación y nos quedamos en silencio, pensando. Entonces me di cuenta verdaderamente de que no podía contarles lo que me estaba ocurriendo. Ni a ellos ni a nadie. Lo primero, es que no me creerían; además, me pedirían ver algo extraordinario para probar claramente que era real, y eso significaría actuar en beneficio propio, por lo que no tenía sentido descubrirme. Ya lo había decidido: el secreto se quedaría conmigo, por muy difícil que fuese mantenerlo.
El resto de las clases transcurrieron sin percances, más o menos como todos los días o, mejor dicho, como todos los viernes. Ya todos estábamos ansiosos por aprovechar aquella tarde para divertirnos un rato, despejarnos y salir de la rutina escolar.

Durante el camino de regreso a casa, comencé a reflexionar sobre las situaciones de pobreza y miseria en el mundo actual. “¿Y si los gobiernos de los Estados hicieran algo por una vez?”, me pregunté. En ese momento, un escalofrío me recorrió. Fue solamente un instante. Sin embargo, no vi que nada hubiera cambiado a mi alrededor, y tampoco me había fijado en nadie en especial, así que no le di importancia.

Al llegar a casa, me encontré con otro pequeño conflicto: mi madre le reprochaba a mi padre haberse comprado una chaqueta de marca, muy cara. “Quizá debería empezar por resolver los problemas más cercanos”, pensé. En cuanto entré y me vieron, paró la discusión.
- Está bien, lo devolveré cuando vaya de nuevo a la tienda.
- Bueno, no hace falta, quédatelo si quieres; total, alguna vez podemos permitirnos algún capricho.
- No, no te preocupes. En realidad no la necesito para nada. ¿Cómo te ha ido hoy, Eva?
- Muy bien –respondí yo–. Ha sido una mañana agradable.
- Me alegro –dijo mi madre, sonriendo–. Venga, vamos a comer.

Tras el almuerzo, hice algunas actividades que me habían mandado. Un poco más tarde, Miriam me llamó para ir al cine con ella y con Irene, así que me arreglé un poco y fui a donde habíamos quedado. En un paso de peatones, vi que había una persona ciega al otro lado. Al momento, otra persona que iba a cruzar le ofreció ayuda. “Lo vamos logrando, poco a poco”, dijo la voz interior. No podía estar más de acuerdo.

Cuando llegué al punto de reunión, Irene ya estaba allí, y Miriam vino muy poco después. Nos dirigimos hacia el cine hablando animadamente. Cerca de allí, nos encontramos con un hombre que pedía dinero para comer. Esta vez tenía que ser yo; ya había dado suficiente trabajo a los demás. Así que me acerqué, a pesar del escepticismo de Miriam e Irene.
- Iré a comprarte un bocadillo, ¿vale?
- ¿De veras? –contestó con voz débil mientras yo ya iba hacia la panadería más cercana. Un poco más tarde, volvía con el bocadillo en la mano. – Muchas gracias, siempre te lo agradeceré –me decía efusivamente.
- No es nada, no tienes por qué, en serio.

Volví a reunirme con mis amigas.
- ¿A qué ha venido eso? –me reprochó Irene.
- ¿Qué problema hay? –las miré con expresión tranquila. Pareció que se calmaban un tanto.
- Supongo… supongo que ninguno –contestó Miriam finalmente.

Pagamos las entradas y vimos la película. No estuvo nada mal. Era de fantasía y acción, de las que más me gustan. Las tres salimos contentas del cine, comentando las escenas que más nos habían llamado la atención. No obstante, ninguna de ellas sería lo que más me impactara ese día. Al rato, nos volvimos cada una a nuestra casa.

Durante la cena, estuvimos viendo las noticias. Entonces ocurrió algo que nunca había tenido la oportunidad de ver: ninguna de ellas trataba sobre sucesos negativos. Todo lo contrario. “… La Unión Europea ha decidido destinar un porcentaje de su capital a varios países de África, para intentar paliar la pobreza. Casi todos sus miembros han asegurado su compromiso por esta causa… Se ha encontrado un posible antídoto para curar el cáncer de pulmón; se está investigando si realmente funcionará…”. No podía creerlo. En ese instante recordé mi reflexión, y la sensación tan extraña que experimenté. Y lo comprendí. “Gracias por conseguir que este mundo sea algo mejor”. “En realidad hice más bien poco; tú misma has sido la que ha unido al mundo, la que ha unido a las personas”, me respondió Dios.

Por la noche estuve chateando durante un rato con mis amigos y, cuando vi que se estaba haciendo tarde, me preparé para ir a la cama. Y me fui a dormir feliz, recordando todo lo que habíamos sido capaces de cambiar, despidiéndome de Dios y deseando fervientemente que llegara un noveno día, aunque no fuera yo la elegida la próxima vez.