Cualquier persona es un amigo en potencia. Según nuestros prejuicios y los suyos, lo será en acto o no. Es así de simple.
¿Quién no tiene amigos que hacen las mismas cosas por las cuales no puede aguantar a otras personas? Será que somos incoherentes por naturaleza, unos más que otros, eso sí. O que esa no es la verdadera razón.
A veces me dicen que me falta un poco de malicia. Quizá les sobra a ellos. Lo que a veces se les olvida es pensar antes de actuar.
lunes, 29 de agosto de 2011
martes, 23 de agosto de 2011
Disgregación
Ya lo tengo más que comprobado.
Lo llevo diciendo desde hace años.
Cuando se forma un grupo amplio, sea donde sea, nunca funciona bien. Pronto comienzan las rencillas, las discusiones entre unos y otros. Este no se lleva bien con la otra por no sé qué estúpida razón y a ella también empieza a caerle mal, como es lógico. La gente se va separando y se forman "subgrupos". Algunos se van porque se cansan o encuentran algo que consideran mejor; otros entran con alguna expectativa que no siempre se cumple. A veces no caen muy bien por alguna faceta de su personalidad que enseñaron aquel primer día.
Sin embargo, cuando unas pocas personas se juntan -a veces un subgrupo o parte de él- es bastante más complicado que se separen. Algo diferente, más grave, tiene que ocurrir.
En definitiva, lo único bueno de los grupos grandes es que es más fácil encontrar a tu subgrupo ideal o, al menos, el mejor de los posibles. El problema llega cuando parte del propio grupo empieza a echar, de una u otra forma, a una persona concreta con la que te llevas bien. Entonces se huele esa tensión en el ambiente, esa sensación de estar en medio, como si estuviera llegando una tormenta por ambos lados.
Y lo peor de todo es que te excluyan sin haberles hecho nada, así porque sí. Aunque también puedes ver la parte positiva: no te merecen y eres libre de buscar a gente mejor para ti, que se adapte más a tus aficiones e intereses.
Lo llevo diciendo desde hace años.
Cuando se forma un grupo amplio, sea donde sea, nunca funciona bien. Pronto comienzan las rencillas, las discusiones entre unos y otros. Este no se lleva bien con la otra por no sé qué estúpida razón y a ella también empieza a caerle mal, como es lógico. La gente se va separando y se forman "subgrupos". Algunos se van porque se cansan o encuentran algo que consideran mejor; otros entran con alguna expectativa que no siempre se cumple. A veces no caen muy bien por alguna faceta de su personalidad que enseñaron aquel primer día.
Sin embargo, cuando unas pocas personas se juntan -a veces un subgrupo o parte de él- es bastante más complicado que se separen. Algo diferente, más grave, tiene que ocurrir.
En definitiva, lo único bueno de los grupos grandes es que es más fácil encontrar a tu subgrupo ideal o, al menos, el mejor de los posibles. El problema llega cuando parte del propio grupo empieza a echar, de una u otra forma, a una persona concreta con la que te llevas bien. Entonces se huele esa tensión en el ambiente, esa sensación de estar en medio, como si estuviera llegando una tormenta por ambos lados.
Y lo peor de todo es que te excluyan sin haberles hecho nada, así porque sí. Aunque también puedes ver la parte positiva: no te merecen y eres libre de buscar a gente mejor para ti, que se adapte más a tus aficiones e intereses.
domingo, 14 de agosto de 2011
Hipocresía
Creo que simplemente leyendo esta noticia hay poco más que comentar.¿Cómo es posible que vayan predicando que el aborto es un atentado contra la vida, y sin embargo pueda ser perdonado porque el Papa viene a España? Luego dicen que las personas que defienden el aborto utilizan argumentos irracionales y se contradicen. ¿Acaso no hacen ellos lo mismo? ¿De qué van? En serio, no sé qué se creen algunos, deben de pensar que son los dueños del universo o algo. Se habrán dado cuenta de que no existe nada de lo que hablan y ahora quieren dominar todo ellos.
Me recuerdan a los sofistas, ahora dicen que sí y a los cinco minutos te argumentan el no, y lo mejor es que no piensan ninguna de las dos cosas. Ya vale de medias tintas.
A ver si empezamos a despertar.
Me recuerdan a los sofistas, ahora dicen que sí y a los cinco minutos te argumentan el no, y lo mejor es que no piensan ninguna de las dos cosas. Ya vale de medias tintas.
A ver si empezamos a despertar.
sábado, 6 de agosto de 2011
Leave alone
Hoy me ha sucedido algo que no me ha gustado mucho aunque, no sé por qué, de alguna forma imaginaba que acabaría ocurriendo. En resumen, una chica se ha autoinvitado a una fiesta y la mayoría de los invitados, contando los dos cumpleañeros y el chico a cuyo campo vamos a ir, no querían que fuera y se lo han dicho de una manera bastante borde.
Pienso que las dos partes han errado, cada una a su manera. Por un lado, no entiendo muy bien por qué esta chica ha creído que estaba invitada. Yo oigo a veces hablar sobre cumpleaños de gente que pienso que me va a invitar y no lo hace, y no me considero invitada ni mucho menos. No necesito que me digan, no te invito. No sé si ella se pensó que, al hablar de ello los demás, también participaba.
Por otra parte, tampoco comprendo por qué cae tan mal esta chica. No veo que haya hecho nada malo. A veces es un poco repetitiva con las bromas, pero no es la única y los otros no caen mal, o no de esa manera. Y me ha parecido fatal la forma de privarla de ir. No creo que merezca eso.
En estos casos empieza la gente a criticar a todo el mundo, y te das cuenta de que no puedes saber quién es tu amigo y quién no, porque, ¿quién sabe si en cuanto te vayas van a empezar a hablar de ti a tu espalda?
martes, 2 de agosto de 2011
Historias anónimas
En una mesa, la más cercana, un hombre disfrutaba solo, con la única compañía de su móvil. Enviaba y recibía mensajes mientras reía al vacío. Me recordaba a todas las veces que me he reído delante de la pantalla, simplemente hablando por chat.
En otra, se encontraba una madre con su hija, curiosa y educada. La niña le hacía esas preguntas típicas de los pequeños, y la mujer iba respondiendo para que aprendiera cosas nuevas. Me encanta esa faceta de los niños; ojalá fuéramos capaces de conservarla cuando crecemos, y quisiéramos siempre saber más. Aunque a veces no basta con solamente desearlo, ya que hay que poner más de nuestra parte de lo que estamos dispuestos a dar, y ahí es donde comienza a torcerse el aprendizaje.
Más a la derecha había otras dos. En la más lejana estaban sentadas dos mujeres -por apariencia, apostaría a que una era la madre de la otra- y un niño que no paraba de dar golpes a la mesa con el objeto que indicaba su número. Nos estábamos hartando cada vez más, y los de la mesa que tenían al lado también, pero no decían nada. Finalmente, después de una queja al aire, le han quitado por fin el indicador al niñito. Entonces se ha puesto a jugar con un carro. En principio, creía que era de los de la otra mesa, y me han dado ganas de levantarme y decirles cuatro cosas sobre la educación que el chico debía haber recibido. Al final el carro ha resultado ser de su propia familia, por lo que en parte he hecho bien en callarme.
Y todo esto ha surgido porque hoy nos hemos quedado a comer en El Corte Inglés.
Llama la atención ver cómo los niños pueden llegar a ser de formas totalmente distintas según la educación que reciben. Y, aún más, que la gente no les pare los pies cuando ven que están molestando. Esto es lo que más rabia me da. Y pena, mucha pena.
En otra, se encontraba una madre con su hija, curiosa y educada. La niña le hacía esas preguntas típicas de los pequeños, y la mujer iba respondiendo para que aprendiera cosas nuevas. Me encanta esa faceta de los niños; ojalá fuéramos capaces de conservarla cuando crecemos, y quisiéramos siempre saber más. Aunque a veces no basta con solamente desearlo, ya que hay que poner más de nuestra parte de lo que estamos dispuestos a dar, y ahí es donde comienza a torcerse el aprendizaje.
Más a la derecha había otras dos. En la más lejana estaban sentadas dos mujeres -por apariencia, apostaría a que una era la madre de la otra- y un niño que no paraba de dar golpes a la mesa con el objeto que indicaba su número. Nos estábamos hartando cada vez más, y los de la mesa que tenían al lado también, pero no decían nada. Finalmente, después de una queja al aire, le han quitado por fin el indicador al niñito. Entonces se ha puesto a jugar con un carro. En principio, creía que era de los de la otra mesa, y me han dado ganas de levantarme y decirles cuatro cosas sobre la educación que el chico debía haber recibido. Al final el carro ha resultado ser de su propia familia, por lo que en parte he hecho bien en callarme.
Y todo esto ha surgido porque hoy nos hemos quedado a comer en El Corte Inglés.
Llama la atención ver cómo los niños pueden llegar a ser de formas totalmente distintas según la educación que reciben. Y, aún más, que la gente no les pare los pies cuando ven que están molestando. Esto es lo que más rabia me da. Y pena, mucha pena.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)