sábado, 25 de junio de 2011

La unión hace la fuerza

Hoy voy a hablar -o a escribir, si nos ponemos tiquismiquis- de algo que seguramente más de uno ya conocerá. Se trata de un idioma artificial que se creó en 1887 con el objetivo de enseñarlo en todo el mundo y convertirlo en lengua internacional, para que no existan ventajas a la hora de comunicarse con el resto de habitantes del planeta. Sí, me estoy refiriendo al esperanto.
Claramente aún no se ha conseguido popularizar mundialmente, porque en ese caso ya sabríamos hablarlo y escribirlo en mayor o menor medida. Pero lo cierto es que sí que ha tenido mayor influencia que cualquier otro idioma planificado.

Me parece un poco triste que no seamos capaces de ponernos de acuerdo para aprender todos el mismo idioma, de manera que se nos trate a todos por igual, en vez de tener más oportunidades de comprender a personas extranjeras si naces en un país de habla inglesa. No puedo decir que el inglés no me guste, al contrario, y quizá si el esperanto ya estuviera en acción no lo habría sabido nunca. Sin embargo, pienso que este idioma artificial sería mucho más útil, sin diferencias, sin discriminaciones. Y aún sería más sencillo si nos olvidásemos de nuestras propias lenguas y lo tradujéramos todo al nuevo idioma mundial, aunque entiendo que cada lengua encierra su propia historia y es fruto de siglos de cultura y evolución. Así que no pediré eso.

Si profundizas un poco en el tema, te das cuenta en seguida de que el esperanto es relativamente sencillo, especialmente si tu lengua oficial es romance, y aún más si has estudiado algún idioma con declinaciones. Una de sus mayores ventajas es que sus reglas no tienen ninguna excepción, por lo que basta con aprenderlas y aplicarlas. Además, hay una cantidad interesante de palabras extraídas del español, y también del francés, del italiano y del latín, que son más o menos similares. Si quieres comenzar a aprenderlo, no tienes más que buscar por Internet, e instantáneamente aparecerá algún manual gratuito en la pantalla.

Para terminar, una curiosidad: el nombre del idioma proviene del pseudónimo que su creador, el oftalmólogo polaco de origen judío Lázaro Zamenhof, utilizó para publicar el primer libro en el que señaló las características de esta lengua. El apodo era Doktoro Esperanto, es decir, Doctor Esperanzado. Se ve que la esperanza -y el esfuerzo, por supuesto- acabó dando sus frutos. Veamos cómo continúa esta historia...

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